Reflexion 97


– ¿Algo más?
– No…, nada más… solo el café…
– Bueno, muy bien señor, ya se lo traigo… – me dijo el mozo mientras pasaba una franela húmeda por la mesa en que estaba sentado.

A veces me pasa que tengo que hacer tiempo entre una reunión y otra con algunos clientes, y que me resulta más práctico sentarme en un bar a tomar un café o una gaseosa, leer un poco el diario, y esperar que se haga la hora establecida con la persona específica, que volver a mi oficina por 5 minutos para tener que salir corriendo de nuevo sin siquiera poder frenar un segundo… Esta fue una de esas veces…

– Acá tiene señor… un café en jarrito solo y fuerte, un vasito de agua con gas… Vuelvo a preguntarle por las dudas, señor… ¿Desea algo más?
– Sabés que si… ¿Tendrás el diario para prestarme?
– No señor, no compramos el diario en este bar…
– Bueno, entonces nada más, muchas gracias…
– No hay por que, señor… Cualquier cosa me avisa…
– Dale gracias…

Sin diario, sin material de lectura que distraiga mis ideas de un recorrido aleatorio por mi imaginación, no me quedó otra… o mejor digo: no lo pude evitar.

El primer sorbo de café fue simple… lo único que pensé fue en que estaba rico, y que había puesto la cantidad justa de azucar… pero ese fue solo el principio… Asi, empecé a volar como loco… “azucar” me llevó a pensar en “dulce”, y “dulce” me hizo acordar a como me decía ella cuando yo le expresaba mi cariño con alguna carta, gesto o palabra… “ella” me hizo acordar al Sábado a la noche, la última vez que la vi… y eso me hizo acordarme que no me acuerdo mucho de la noche del Sábado… Ahi me detuve un segundo… necesitaba entender algo… ¿Acaso no me acuerdo porque no me quiero acordar, o simplemente por la cantidad que tomé esa noche?

– ¿El caballero quiere ver o probar estas biromes de tinta de gel que estoy ofreciendo por un precio inferior al que lo venden en las librerías? – me dijo un señor mientras me ponía frente a los ojos, demasiado cerca de mi cara para mi gusto, un juego de 4 biromes truchas “Roller pen”.
– No, te agradezco…
– ¿Seguro?
– Si… gracias igualmente…
Y asi como apareció enfrente mio, desapareció despreciando mi agradecimiento… ¡Qué feo como la gente puede ser tan mal educada…!

Volvi a tirarme de cabeza al mar de ideas que revoloteaban por sobre mi… Pensé esta vez en la gente mal educada, tal vez gatillado por el vendedor ingrato… Me acordé de tantos clientes a los que les hice millones de favores y que no valoraron eso… y en los que me agradecieron al final de cada operación, llenando mi tanque de ego hasta el fondo… y ahi fue cuando me puse morboso…

De golpe, no se por que, ni como, ni motivado en qué, pero me puse a pensar en mi muerte… pero no mi muerte anciana, o adulta, sino actual… Pensé en un accidente, o un crimen, o una enfermedad indetectable… Me imaginé a mi familia desolada, consiguiendo los teléfonos de alguno de mis amigos para contarle… y como se iría armando una cadena…

Vi en mi mente las caras de mis amigos, incrédulos, sorprendidos, shockeados… “¿Qué?” preguntaban, “¿En serio?”… Vi las lágrimas cayndo de sus ojos… de esos ojos que me ven más de una vez a la semana… La vi a mi madre desconsolada… “ningún padre debe enterrar a sus hijos” pensé… y traté de acordarme donde escuché esa frase por primera vez… La vi a ella, llorando como loca, angustiada, casi con arcadas de llanto, entendiendo que se había terminado todo de verdad, y que el teleteatro que tanto hacíamos no sirvió para nada… Llorando como una beba con hambre, sin poder encontrar consuelo en ningún lado… dándose cuenta que yo no estaría más, ni en el boliche, ni en msn, ni en ningún lado…  Vi a los que no son tan amigos mios, los famosos “conocidos”, también tristes por mi partida, no tanto por el cariño que me tenían sino por el golpe emocional que implíca que un conocido fallezca… Quise salir de esa idea, de mi idea de muerte, pero no pude evitar ir a mi entierro… y mi tumba, cerca de la de mi padre, rodeada de personas… Mi tia, mi otra tia, mis hermanos, mi gente… todos tirando un pedacito de tierra por vez… despidiendose de mi, para empezar a olvidarme y tan solo revivirme en algún recuerdo, en algún momento… tal vez un brindis a mi memoria… mi memoria…

¿Qué memoria? Si muero hoy, ¿Por qué me recordará la gente? Toda persona que muere, salvo que haya sido un gigantezco hijo de puta, es recordado solo por lo bueno… Tal vez a mi me recordarían por mi buen humor, y no por mi obstinación… Seguramente me recuerden por mi capacidad de palabra, y no tanto por mi necedad… Creo que me recordarían por mis chistes, y por mi sonrisa, y dejarían de lado mi manera terca de ser, y como siempre quiero tener la razón, defendiendo a veces lo indefendible… Como esa vez que dije que había viajado en un auto com mi papá a 350Km/h, cuando sabía que eso era imposible, y que a lo sumo habrían sido 240 como mucho…

(Suena mi celular)
– ¿Hola…?
– ¿Hola…?
– Si, hola… ¿Quién habla?
– ¿El señor Leandro?
– Soy yo, ¿Quién es?
– Soy Jorge, nos tenemos que encontrar ahora en 10 minutos, pero voy a llegar un poquito más tarde… te quería avisar…
– No hay problema Jorge, te espero… hacé tranquilo…
– Dale, muchas gracias… llego 10 minutos tarde mas o menos…
– No hay drama… un saludo…
– Igualmente, gracias…

Ahora tendría que esperar un poco más… como si me hiciera falta pensar tanto y tanto… como si me hiciera falta…

Volví de mi muerte… no quería -ni quiero- seguir muerto, viendo gente triste… pero no pude evitar pensar en la mierda que me provoca pensar tan mórbidamente… “Basta de esto” me dije… Hice la famosa señal de “mozo, la cuenta”, y me preparé para irme, caminando, tranquilo, al encuentro de mi cliente impuntual…

– Son ocho pesos con cincuenta cenatvos, señor…- me dijo el mozo.
– Tome diez, está bien…
– Muy amable, señor…
– De nada…

¿Por qué tanto “señor”? ¿Por qué tanto “caballero”? Tengo 26 años… todavía no me acostumbro a que me digan señor… sigo siendo, para mi, un “joven”… me gusta cuando me dicen joven… no porque me haga sentir menos viejo, sino porque “pibe” no me gusta, y “señor” me pone nervioso… ¿Quién acaso no sintió el quiebre de una etapa cuando un grupito de colegialas le dijo “Señor, me dice la hora por favor?”… yo si… a mi me pasó…

Tengo entre ocho y diez minutos para caminar lentamente dos cuadras hasta llegar a la dirección que busco… un promedio de 3 minutos por cuadra, como para llegar un poco temprano y esperar, como se debe, con la mano extendida para saludar y la sonrisa automática lista y preparada… Vuelvo sobre mis pasos…, pero no los que doy con mis pies, sino los de mi mente… volví a pensar en ella, pero esta vez con bronca… no, no bronca… un dejo de resentimiento por lo que sufrí… y por sentir que todo ese sufrimiento no valió la pena… volví a acordarme de las noches que no me acuerdo… y en ese momento, justo en ese momento, se me ocurrió una buena idea para un cuento… Un cuento que empezaba conmigo, mirando por la ventana de un bar… fantaseando con la vida de los demás… dándole el sentido que tal vez ellos no pueden darle… “The grass is always greener on the other side of the fence” o “El pasto del vecino siempre se ve más verde…”. Y a veces uno no valora la vida que lleva, las cosas que tiene, la gente que lo rodea, y mira para afuera, y fantasea con un pasto más verde, con la vida de los demás, con las cosas de los demás… Yo estoy bien, estoy contento… tengo más de lo que…

(me interrumpen)
– ¿Leandro?
– Si, ¿Jorge?
– Si, ¿Cómo te va?
– Encantado… bueno…, ¿Entramos?
– Dale…

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